domingo, 1 de octubre de 2023

Negociación política, personalismos y el Principio de Subsidiariedad: desmontando mitos sobre el Estatismo, el Liberalismo y otras yerbas

 

Hoy quiero abordar un tema que a menudo se debate en el ámbito político y económico: la negociación política, los personalismos, el principio de subsidiariedad del Estado y la "mano negra" del liberalismo, ese estúpido mito de que las economías y los Estados son regulados automáticamente por el mercado. Estos conceptos están estrechamente relacionados y es esencial comprender sus conexiones para tomar decisiones informadas en la política y en la economía.

  1. Negociación política. La política es la herramienta que utilizamos para tomar decisiones colectivas y resolver conflictos en una sociedad. La negociación política es la clave para alcanzar acuerdos que beneficien a todos los ciudadanos. Sin embargo, a menudo, vemos que los personalismos y las agendas partidistas pueden obstaculizar este proceso aún cuando, funcionando las Cámaras de Representantes, se sesiona de cuando en vez, y solamente para ir a la caza de votos, los cuales se negocian como quien cuenta porotos.
  2. Personalismos. Los líderes carismáticos pueden desempeñar un papel importante en la política, pero también pueden ser un obstáculo para la negociación efectiva. Cuando la lealtad a una figura carismática o impuesta desde las sombras supera el bienestar común, la política puede verse afectada negativamente. Es crucial recordar que la política no se trata solo de individuos, sino de soluciones para los problemas de la sociedad en su conjunto.
  3. Principio de Subsidiariedad del Estado. Este principio defiende que las decisiones deben tomarse al nivel más cercano a los ciudadanos siempre que sea posible. Esto promueve la participación ciudadana y la toma de decisiones adaptadas a las necesidades específicas de cada comunidad. La subsidiariedad puede ser un antídoto contra los personalismos excesivos y la centralización del poder. El Estado no debe hacer aquello que pueden realizar las personas privadas o las entidades intermedias del tejido social.
  4. La"mano negra" del Liberalismo. A menudo se critica al liberalismo desde la izquierda por ser egoísta y favorecer a las grandes empresas en detrimento de la sociedad, no obstante, esta es una percepción errónea. El liberalismo aboga por la libertad individual y económica, pero también promueve la competencia. Sin embargo, postula que la regulación eficaz de la economía y, por extensión de la sociedad, proviene de la autorregulación provista por la ley de la oferta y la demanda de los mercados. No entiende o no le interesa que el Estado deba velar por los derechos fundamentales del hombre. Esto es un error que conduce a grandes injusticias e inequidades y no debe tolerarse.
  5. El pobrismo. Localmente, así como a nivel mundial, es cada vez más notorio que algunos poderes laicos y religiosos se orientan hacia el pensamiento de que ser carenciado es lo mismo que ser pobre y, que los pobres son los únicos que tienen derechos y privilegios aunque no quieran trabajar. La gente que se sostiene con su trabajo y crea la riqueza de una nación queda excluída de toda consideración. A menudo se los mira, incluso, como culpables cuando ellos son en realidad los que pagan impuestos y sostienen las instituciones familiares y el tejido moral de una nación. “La opción preferencial por los pobres” es un invento de la teología de la liberación, que en la Argentina recibe el nombre de “teología del pueblo de Dios”.

En resumen, la negociación política efectiva se basa en la colaboración, la diversidad de opiniones y la atención a las necesidades locales. Los personalismos y la percepción errónea del liberalismo pueden ser obstáculos en este proceso. El principio de subsidiariedad del Estado nos recuerda la importancia de tomar decisiones a nivel local cuando sea posible.

Para avanzar hacia una política más efectiva y beneficiosa para todos, debemos ser críticos con los estereotipos y trabajar juntos para encontrar soluciones que reflejen los valores de la sociedad y promuevan el bienestar común.


#Política #Liberalismo #Negociación #Subsidiariedad #Personalismo #Pobres

viernes, 1 de julio de 2022

La Coopetición desde 1998

 

La coopetición en la negociación


El objetivo que persigue este artículo es demostrar que entre medio de las dos posturas extremas llamadas método adversarial y método cooperativo en la negociación existe un amplio abanico de alternativas, que es preciso tener en cuenta en las negociaciones que se desarrollan en la vida real.

Una de ellas y, a la que quizás se le debería prestar más atención, es una tercera alternativa: la coopetición. Este neologismo del inglés coopetition, tomado prestado de la Teoría Económica (pero que no significa exactamente lo mismo que en ella) ha sido creado por los economistas Nalebug-Branderburger aproximadamente en 1998.1

Esta palabra describe una situación en la cual dos jugadores que compiten entre sí descubren que es más provechoso para ambos cooperar, ya sea en su trabajo y en la consecución de objetivos, o frente a un tercer jugador, con frecuencia, que puede ejercer mayor poder sobre cada uno de los otros dos por separado.

Una alianza de este tipo puede plantearse frente a un objetivo de corto plazo, o bien transformarse en una alianza permanente o semipermanente.

Se podría decir que en ese sentido la coopetición consiste en lo siguiente: “La coopetición enseña a competir sin destruir el pastel y a cooperar sin que se coman tu parte”.

La Coopetición en la Negociación

Existen similitudes y diferencias marcadas entre el concepto explicitado para las Escuelas de Negocios y para el utilizado en la Resolución de Conflictos o Negociación.

Es preciso tener en cuenta que el proceso de Negociación, así como se desarrolla en dos Reinos o Dominios (el Racional y el Relacional), también transcurre entre dos niveles dimensionales.

El primero es la dimensión estratégica, la que habitualmente es establecida en el momento de la apertura y posteriores, marcando las reglas del juego con las cuales se va a resolver el conflicto. Esto puede ser objeto de una negociación en sí misma, con su correspondiente acuerdo, y ella recibe el nombre de Metanegociación.

En una circunstancia normal, la segunda dimensión o segundo nivel, se encuentra subordinado a lo estratégico. Usualmente las operaciones tácticas se alinean a lo establecido de manera general en la estrategia, y sólo de forma excepcional pueden transgredir lo ya acordado. De ser así, este hecho puede desencadenar una nueva Metanegociación, y una nueva Estrategia.

Esto que se ha descripto funciona para Negociaciones de dos o más partes. Pero sucede que en la circunstancia descripta como coopetición en Negociación, esto puede no ser así, constituyéndose en una anomalía que complica el juego.

Supóngase el caso de dos jugadores que compiten entre sí por la obtención de un contrato de suministros de un tercero, cuya relación es sumamente apetecible.

Sucede que ninguno de los dos por separado puede satisfacer la capacidad de compra del comprador. O quizás este no quiere tener un solo proveedor.

El comprador utilizará todo su poder (que es superior al detentado por cualquiera de los otros dos jugadores por separado) para hacerlos competir y de esa manera obtener un precio más bajo o mejores condiciones.

Aquí comienza a funcionar el dicho: “La coopetición enseña a competir sin destruir el pastel y a cooperar sin que se coman tu parte”. Los dos competidores se alían frente al comprador mostrando un frente común y de esta manera consiguen ejercer un mayor poder.

Es en este momento en que se bifurca el concepto de negocios coopetitivos, de la coopetición con respecto a la Negociación.

Se puede afirmar con toda seguridad que la gran diferencia entre ambos conceptos se produce exactamente en este punto. Pues en la Negociación, la Estrategia y las Operaciones Tácticas no necesariamente se encuentran alineadas.

En otras palabras, los dos proveedores del ejemplo pueden encontrarse coaligados estratégicamente, pero subrepticiamente, uno de ellos puede llevar adelante una operación táctica que le haga ganar una ventaja presente o futura respecto al otro vendedor, ya sea en las cuotas de compra, en los plazos de pago, o cualquier otra modalidad de las examinadas normalmente en las cadenas de suministros.

Esto puede ser conocido por el otro aliado, quien decidirá de acuerdo al criterio del costo beneficio si proseguirá con la alianza o la romperá. Quizás sea el más débil de los dos y lo tolerará. O quizás está realizando otra operación táctica que a su vez lo coloque en ventaja. En otras palabras, son “Enemigos íntimos”.

A su vez, el comprador o tercer jugador, puede conocer estos entretelones y tolerarlos, hacerse el distraído, o utilizarlos a su favor.

Como se ve, “coopetir” en Negociación, puede ser sumamente complicado y desde luego plantea escenarios variables donde la información acerca de lo que está haciendo cada quien es, desde todo punto de vista, vital para la supervivencia de cada jugador, pero también para el éxito del emprendimiento.

Las negociaciones políticas, en ocasiones, suelen brindar demostraciones claras de “coopetición”, por ejemplo: dos jugadores, normalmente rivales, se ponen de acuerdo pues existe un tercer jugador “enemigo” de ambos: los une el espanto.

Esto no quiere decir que, dentro de las reglas del juego expresadas a medias, los dos primeros jugadores estén de acuerdo en todo, al contrario, uno puede durante el momento siguiente, el Medio Juego, iniciar acciones que podrían calificarse de adversariales para con el segundo jugador, sin hacer caer la coalición que han formado.

Es que, en realidad, para todos los jugadores la Negociación se desarrolla en dos niveles: uno estratégico, donde desde luego los une el espanto y es conveniente preservar la cooperación, y otro de orden táctico, donde si pueden ganar terreno a expensas del otro coaligado, y lo harán de forma netamente adversarial.

Dicho esto, es pertinente poner atención en el vocablo clave utilizado: “conveniente”. La mayoría de los grandes autores que han escrito sobre Negociación, resaltan la importancia de no explicitar durante la comunicación2 (proceso en sí mismo en el cual se apoyan las diversas secuencias de la Negociación) juicios de valor, como, por ejemplo: esto es bueno o esto es malo, con las consiguientes adjetivaciones que deriven del hecho de haber realizado estas apreciaciones.

La recomendación sobre la conveniencia de no emitir juicios de valor no exime de realizar una clasificación moral de los actos propios y de los otros negociadores. En el ejemplo indicado, el tercer jugador, que recibe el fuego graneado de la coalición de los “espantados” sabe que son un par de truhanes que, si él no estuviera, ya se estarían despedazando. Pero, como el ejemplo presentado proviene de la política, pareciera que las cosas, naturalmente, deban ser así. De hecho, las cosas han sido así desde que el mundo es mundo, y en todas partes.3

Aquí se ha citado el ejemplo de la política, aunque de la misma manera, es posible imaginar una situación referida al universo de los negocios, como por ejemplo la ya expuesta anteriormente: dos proveedores pequeños que rivalizan entre sí durante largos años, se encuentran ahora frente a una situación diferente, en la cual, el comprador ha aumentado muchas veces su poder de negociación. La conveniencia o el aludido espanto, hacen que ellos aúnen fuerzas para negociar con su proveído. En el plano estratégico esta alianza consiste en su mejor jugada: cooperar. Sin embargo, ninguno de los dos descarta la posibilidad de realizar pequeñas operaciones de orden táctico, contra su aliado, que lo dejen en una mejor situación a la hora de celebrar un acuerdo o arribar a acuerdos parciales. Este es uno de los pocos casos en donde se puede encontrar que la operación táctica no esté alineada a la estrategia.

Todo el proceso de negociación puede resultar significativamente complicado, si se diera el caso de que el tercer jugador (el proveído) conozca esta situación o, peor aún, la sospeche.

Es aconsejable para las partes que “coopiten”, mantener a rajatabla la regla básica de que todas las comunicaciones sean difundidas públicamente entre todos los jugadores.


Como un sismo de intensidad, el Momento de la Apertura puede tener, y de hecho muchas veces sucede de esta forma, sus réplicas.4

La Resolución de Conflictos se asemeja a las obras de teatro, es decir que, pueden desarrollarse en un acto, o bien requerir de varios hasta su finalización. Este es el caso de las Negociaciones internacionales, quizás las más complejas, intensas y trabajosas para todos los jugadores involucrados.

Una negociación internacional, de acuerdo a su naturaleza, complejidad y objetivos a alcanzar, puede desarrollarse en varias rondas de reuniones y llevar varios años hasta conseguir un acuerdo el que, sin excepción, deberá ser plasmado en un documento final como, por ejemplo, un convenio de cooperación, un Tratado, u otro tipo de instrumento jurídico.5

Pues bien, en cada reunión, como las réplicas del sismo aludido, puede existir una nueva Apertura, con un conjunto renovado de comunicaciones que reafirman el juego original, o bien tornarlo en uno con reglas parcialmente nuevas, o aún transformarlo completamente.

Es preciso estar alerta ya que, en materia de Negociación, no es posible dejar nada por supuesto ni librado al azar. Esto constituye un error que puede ser irremediable.

En tal sentido tiene absoluta vigencia la idea de que, en una Negociación, de ser posible, es necesario tomarse el “trabajo” de explicitar lo más posible, así como simétricamente, aplicar a la misma el arte de la Escuchatoria.

 

1 Barry Nalebuff es profesor de Economía y Management en la escuela de gerencia de Yale y Adam Brandenburger es profesor en la escuela de negocios de Harvard. Ambos han escrito extensamente en publicaciones de renombre sobre la teoría de juegos y estrategia.

2 La Comunicación es un proceso o sistema abierto relativamente complejo en el que, dos o más personas, intercambian mensajes mediante una interacción. Estos mensajes conllevan códigos similares y mediante ellos, tratan de comprenderse e influirse de manera tal que sus objetivos sean aceptados de la forma que han previsto.

3 Por ejemplo, veáse las obras de John Wear Burton. Aunque fue un diplomático, Burton no estaba satisfecho con la diplomacia tradicional y comenzó a defender la postura de aunar visiones multidisciplinarias sobre los conflictos a nivel internacional desde una perspectiva mucho más amplia que aquella del campo formal de las relaciones internacionales. Se separó de la tradición sociológica de considerar un conflicto como disfuncional y en su lugar considerarlo como intrínseco a las relaciones humanas. Sus ideas sobre cómo mejorar la gestión de conflictos se vieron influenciadas por la teoría de sistemas y la teoría de juegos como medios para analizar las opciones disponibles a las partes del conflicto. Un producto inicial de esta iniciativa fue la publicación de Conflict in Society.

5 El embajador argentino Jesús Sabra, en su libro Negociaciones económicas internacionales, menciona: “…las relaciones económicas internacionales son muy complejas y permiten negociaciones de carácter bilateral o multilateral. Teniendo en cuenta el número de países involucrados en una negociación, las mismas pueden ser entre dos países (bilaterales) o más de dos (multilaterales). Como resultado de estas negociaciones se pueden alcanzar acuerdos o tratados que contengan los derechos y obligaciones que asumen las Partes. También en dichos acuerdos o tratados, los países pueden acordar la creación de un organismo que tendrá personería internacional.”

martes, 6 de octubre de 2020

 ¿Una nueva Negociación?

Albert Einstein dijo alguna vez: “No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos” Esta frase puede aplicarse tanto a la Teoría de la Relatividad como a una Teoría Social contemporánea.

En verdad, la negociación es una actividad que está dirigida a resolver una clase particular de problemas, sociales, económicos y personales, para nombrar solamente algunos de los múltiples factores que intervienen en la resolución alternativa de disputas (ADR).

Debido a la pandemia del COVID 19, hemos creado múltiples problemas que esperan ser resueltos. Las relaciones del trabajo, las economías caídas, la reducción drástica de la clase media, los liderazgos regionales y mundiales, todo ha cambiado y quizás nunca vuelva a ser como antes. De allí que algunos han comenzado a utilizar la denominación de “nueva normalidad”, un neologismo poco feliz, para referirse a lo que nos espera de ahora en más.

¿Debería por estas y otras razones cambiar lo que llamamos negociación?

La respuesta resulta ambigua: sí y no. Seguramente que sí en algunos aspectos del proceso que hace a la resolución de conflictos; por ejemplo, la comunicación en la cual se apoya dicho proceso, ya que la misma no siempre puede cumplir con el ideal presencial.

Pero sin duda no cambiará en su misma esencia, a contrario sensu, las circunstancias refuerzan la idea de que debemos resolver nuestros problemas apelando como nunca al recurso de la satisfacción mutua de intereses.

De los problemas por una mala gestión durante la pandemia, de los surgidos por la escasez de recursos mal administrados o acaparados por algunos sectores, y aún de aquellos aparecidos debido a la falta de estrategias, tácticas y visión para encarar nuevos desafíos, solamente se podrá salir juntos.

En este marco, la negociación como una actividad fundamentalmente humana y necesaria, debe ser revalorizada, a través del diálogo y la comprensión de los intereses de cada parte.

Sin duda, no hay soluciones mágicas, pero en ella tenemos una herramienta poderosa para volver a surgir de las tinieblas en las que nos encontramos inmersos.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Dificultades en la Enseñanza y el Aprendizaje de la Negociación


La mayoría de las personas creen que cuando se habla de Resolución de Conflictos, en general, o bien de Negociación, en particular, se alude a un conjunto de técnicas de comportamiento, que pueden enseñarse en forma de “tips”, de un “método” o como un conjunto de “recetas mágicas”.

No son muchos los que entienden que la Negociación constituye una transdisciplina, en cuya formación, a veces directamente, a veces en forma transversal, intervienen ciencias tan disímiles como las matemáticas, la psicología, la administración, la comunicación, la ciencia jurídica, y muchas otras.

Por supuesto, no existen tales “técnicas de comportamiento”; negociar es algo que realizamos continuamente en diversos contextos, y lo hacemos a partir de algo mucho más profundo: el hábito.

¿Qué es un hábito? El Diccionario de la RAE, dice: “Modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes, u originado por tendencias instintivas.”
Esto es, un hábito actúa sobre la voluntad facilitando la operación del individuo. De ahí que se predique de los hábitos moralmente buenos como “virtudes”, y de los malos como “vicios”.

Lo importante, a los fines de examinar las cuestiones que le dan título a este escrito, es tener en claro que negociamos siempre mediante hábitos que disparan conductas no siempre advertidas, dada su cotidianeidad.

Adquirimos hábitos para resolver conflictos desde nuestra infancia, mediante la prueba y el error. Cada vez que un niño prueba una conducta y esta se demuestra exitosa para obtener lo que desea, es atesorada en la memoria y repetida en una situación análoga. Cada vez que esta conducta es repetida va formando un patrón de comportamiento, el cual desemboca en la creación de un hábito.

Por lo expuesto, la única forma realmente seria y efectiva de enseñar a negociar es mediante la operación sobre los hábitos de la persona, utilizando un proceso de aprendizaje conductual.

¿Qué etapas tiene este proceso?
En primer lugar, desde luego se trata de conocer académicamente los contenidos de esta transdisciplina, así como las diversas metodologías que se aplican: cooperativa, adversarial y mixta (coopetición).

Luego, realizar una introspección asistida que le permita al individuo verificar cómo reacciona cotidianamente en cada conflicto al cual se enfrenta.

En tercer lugar, comparar lo que hace con lo que debería hacer. En esta comparación de conductas encontrará que algunas se ajustan óptimamente al ideal, otras sólo en forma mediocre, y en un tercer grupo, podrá observar conductas erróneas.

La educación del negociador se centra luego en resolver el problema de cómo integrar sus conductas correctas, como así también mejorar las mediocres y sustituir las erróneas.
Este proceso de aprendizaje sucintamente descrito y que parece sencillo, es en realidad y en la práctica una ardua tarea. Así es, insume muchas horas de trabajo en el diseño a medida e implementación de Talleres por parte de profesores experimentados; lecturas complementarias que deben realizar los participantes, y sobre todo un tiempo de decantación e incorporación de nuevos hábitos que se estima en no menos de seis a diez meses, según la persona y el ritmo del aprendizaje.

Todos los cursos de negociación de ocho, doce o dieciséis horas que se ofrecen en el mercado internacional, no pasan de la primera etapa mencionada y libran el resto al interés y empeño solitario de quien tomó el curso para realizar el trabajo duro.

En pocas palabras: lo que se vende en el mercado local e internacional como formación de negociadores no es más que una actividad informadora, en el mejor de los casos, con mayor o menor profundidad en los contenidos.

Como en cualquier disciplina ligada al crecimiento humano no existen soluciones mágicas, como se mencionara al inicio.
¿Es por ello que debemos pensar que toda aquella institución que ofrece un curso corto de Negociación realiza una venta deshonesta? De ninguna manera, si la misma -o por caso, el instructor- tiene el sentido común suficiente como para aclarar las cosas a sus alumnos e indicarles el camino a seguir de allí en adelante.

Pero ¡Atención! las cosas se le harán el doble o triple de difíciles a estos alumnos, corriendo el riesgo de desalentarse en el camino y abandonar la meta.

jueves, 10 de septiembre de 2015

La cuestión moral en la Negociación



Un largo camino se ha recorrido desde que otrora fuera frecuente escuchar la frase: “business are business”. Afortunadamente hoy -aunque no por una cuestión de principios, sino de conveniencia- es usual que todas las Escuelas de Negocios tengan al menos una cátedra en donde se enseña Ética.

No sucede lo mismo con la transdisciplina que llamamos Negociación. Existen pocas Escuelas enteramente dedicadas a la Negociación, y muchas de ellas carecen de una cátedra de Ética. Por otra parte, quizás como un resabio de los tiempos en que la negociación era vista como una analogía de la guerra, son pocos los autores que se han dedicado a abordar este tema en forma amplia. 

Existen abordajes parciales, algunos realistas, otros demasiado irreales, generalmente acotados a un capítulo dentro de un libro dedicado a la Negociación. Un ejemplo de ello es el libro “Fundamentos de Negociación”[1]

Se registran otros intentos de carácter didáctico sobre el tema: por ejemplo la presentación (apoyada en los contenidos del citado libro), en línea[2].

Ante este panorama, cabe preguntarse primeramente:

¿Es posible una conducta moral en la Negociación?

No es el objetivo de este artículo definir la naturaleza de la conducta moral. Baste con decir que muchos autores dan como cierta la equivalencia entre las palabras “ética” y “moral”, cuando la primera es un estudio sistemático sobre el hecho moral.

Por otra parte, gran cantidad de autores consultados identifican lo moral con las conductas consideradas correctas por la mayoría. Esto, por supuesto, no es más que un juicio positivista, similar a estos otros que asimilan lo moral a aquello que está permitido por la ley positiva o es considerado como bueno por ella.

Algunos negociadores aún desestiman esta posición, pues parten de la nociva idea de que la verdad no existe; que somos nosotros por medio de nuestro discurso los que creamos nuestra propia realidad, y por lo tanto, lo único que se puede predicar de la conducta de una persona es si la misma es coherente o incoherente respecto a su propia visión de la realidad. Desde luego que en este extremo del pensamiento desaparece el sentido mismo de lo moral.

En las antípodas de estas posiciones, reivindico la posibilidad del hombre de aproximarse a la verdad en forma científica, por medio de teorías que gradualmente demuestren ser más y mejor explicativas de la realidad de las cosas; y por otra parte, también reivindico la idea de que existe un Orden Natural, del cual se sigue un Derecho Natural, cuya vigencia se encuentra por sobre el Derecho Positivo.

Sin entrar en demasiadas sutilezas, y volviendo al tema de este artículo, es necesario apuntar aquí que un negociador se deberá enfrentar en el campo de lo moral con diversas actitudes y modos de negociar que responden a una variedad de posturas, que combinadas, complican mucho la posibilidad de dar una respuesta sencilla a la pregunta planteada anteriormente.

En lo personal, la moral de cada negociador proviene de un sistema de valores aprendido y encarnado en su accionar diario. Sus adversarios u otros jugadores, tendrán los propios. Cada uno de estos sistemas de valores dependen de factores culturales: raza o etnia, lengua, religión, sólo por nombrar algunos condicionantes primarios, que se dan en unas coordenadas espacio temporales determinadas.
Por otra parte, ya que Dios creó al Hombre a Su imagen, lo dotó de libertad moral: cada uno de los jugadores en una negociación podrán o no respetar sus propias convicciones morales durante el juego.

Así las cosas, pareciera tarea harto difícil llevar a la práctica una negociación moral. Para contestar la pregunta formulada en el subtítulo, deberemos entonces circunscribir la esfera de lo moral a cada jugador en particular.

No emita juicios de valor durante la negociación.

Esta aseveración proviene del clásico de la negociación cooperativa “Getting to yes”[3] el cual sabiamente acota que en la medida en que usted u otro jugador diga, por ejemplo: “esto es mentira” o “usted está ocultando cosas”, lo único que conseguirá será aumentar el tamaño del conflicto.

Lo correcto sería tratar de correrse de los juicios de valor a los juicios de hecho, en donde sí se pueden demostrar realidades con certeza, agregando un cortés “quizás usted se haya equivocado al afirmar tal cosa, pues si examinamos esta planilla, los números parecen afirmar que…”

No emitimos juicios de valor sino proposiciones fácticas, apoyadas en hechos. Pero entonces cabe preguntarse:

¿Si la frase del subtítulo es cierta, cómo podemos negociar y ser morales al mismo tiempo?

No debemos olvidar que la negociación es un proceso, que como tal, comienza en el momento previo a la misma, o como algunos la llaman “fase de preparación”.

Es allí cuando en primer lugar construyo un Marco de Referencia para mi negociación. Este Marco, incluye una decisión moral que afectará el resto del proceso.

Aún la decisión de jugar un juego cooperativo o uno adversarial conlleva una decisión moral.

Supongamos un caso extremo: usted sabe que el otro jugador en la negociación que está preparando es un “coimero”, es decir que tiende a solucionar sus conflictos ofreciendo dinero ilícito a cambio de favores, o bien espera que usted se lo ofrezca a cambio de otorgarle un contrato en exclusiva.

Es obvio que si su propio código moral excluye la “mordida” o “coima”, deberá prepararse de antemano respecto a cuál será su comportamiento durante la negociación, para dejar de lado esa modalidad.

También deberá decidir –si no es posible dejarla de lado- si continuará usted con el juego o tomará su extralternativa (lo que en el libro mencionado se llama BATNA).

Estas decisiones morales son determinantes en el momento previo o de preparación, pero continúan en las otras fases o momentos del proceso: apertura; medio juego; final; seguimiento.

No es mi objetivo en estas líneas ser autorreferencial; simplemente deseo aclarar que los momentos de la negociación mencionados, así como la terminología que utilizo son en todo coherentes con toda la bibliografía producida anteriormente por mí, y que es fácilmente asequible en Internet, ya que ha sido reproducida innumerables veces con o sin permiso del autor.

En conclusión

A la pregunta de si es posible una conducta moral durante la negociación, es necesario responder que sí lo es, con las salvedades apuntadas más arriba.

Todo acto humano, en cuanto que en el mismo intervienen la inteligencia, la voluntad y la libertad, poseen una dimensión moral, a la que no puede sustraerse la negociación ni como arte ni como ciencia.

Por otra parte, es necesario aclarar también para una Teoría de los actos humanos, que los mismos no se realizan en forma aislada: de la misma manera en que uno va hilando un discurso con juicios que son antecedentes o consecuentes, existe entre los actos humanos una unidad moral, que los transforman en antecedentes y consecuentes uno del otro.

De todo esto se sigue que la responsabilidad moral de un negociador no permanece aislada en cada acto que realiza cada jugador, sino que por el contrario, ella está presente en todo el proceso, para cada uno de los jugadores.

En una negociación determinada, cada jugador puede estar al control de los actos y hechos que produce, y además puede aceptar o rechazar los actos de los otros jugadores o aún, optar por abandonar el juego, es decir, no negociar y tomar su propia extralternativa.

No neguemos más, entonces, que la negociación y la moral corren juntas, y no por carriles separados; paralelas que no se tocan ni en un hipotético infinito, como las vías del ferrocarril.

Karlos Irigaray


[1] Fundamentos de Negociación Lewicki et al ISBN:9786071507532 Editorial: Mcgraw-Hill Publishing Co. 2012 México D.F. México 5ª ed.
[3] Getting to Yes: Negotiating an agreement without giving in. Roger Fisher, William Ury. Editor Random House, 2012. ISBN 1448136091, 9781448136094, 240 páginas